Guardián

Un día le sacaron de su casa y le dijeron que debía guardar el fuego. “No sé cómo”, les contestó. “Sólo tienes que observarlo y no dejar que nada ni nadie lo apague”. Siempre a oscuras, lo único que podía ver era la luz que emanaba de él. El tiempo no moraba allí. Casi ni recordaba la última vez que cerró los ojos para dormir. Tanto le observó que se enamoró de él sin remedio. “¿Cómo no voy a amarle si vivo para él?” se decía. Pero cuando quería tocarle le producía un horrible dolor. Y lloraba y gritaba y volvía a tocarle, pues, aunque dolía, la necesidad de sentirle durante un instante era todavía más grande.

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